"Me quedé sin retorno", advirtió Carlos Montero mientras se tocaba el auricular del oído izquierdo. Inmediatamente, un joven entró corriendo al pequeño salón del hotel porteño en el que se había montado el estudio para grabar Café CNN y empezó a revisar algunos de los incontables cables que recorrían el suelo.
Faltaban segundos para que el periodista volviera a salir al aire y la tensión aumentaba. Pero fue justamente él quien advirtió que el problema no estaba en Buenos Aires, sino en Estados Unidos: en uno de los televisores pudo ver que otra de las conductoras del programa que estaba en los estudios de Atlanta tocaba el micrófono que tenía en la cintura para ver si se había apagado. "Ellos también se quedaron sin retorno", afirmó Montero.
Inconvenientes mínimos (como el del primer párrafo), mucho estrés y un profesionalismo sorprendente hicieron de cada una de las emisiones porteñas en vivo de Café CNN un desafío que, según el equipo a cargo, pudo superarse con éxito.
De los tres presentadores del programa, Montero fue el único que viajó a Argentina (Lucía Navarro y Alejandra Oraa se quedaron en Atlanta y la conducción del programa se dividió entre los dos países). A los productores que llegaron con el periodista se les sumó en Buenos Aires el equipo de Turner Internacional Argentina.
"Ya estamos más cerca del aterrizaje", bromeaba Montero en referencia a que se acercaba el final del programa. Lo hacía fuera del aire con los tres camarógrafos con los que compartía el pequeño estudio. En otros salones del hotel, no había espacio para las bromas: el maquillador retocaba el rostro de Sandra Russo, un productor con tonada caribeña se comunicaba constantemente con Atlanta, mientras sus colegas argentinos les sacaban humo a sus smartphones mientras pactaban notas y entrevistas.
Al comienzo de cada una de las emisiones todos apretaban los dientes; al final empezaban a aparecer las sonrisas. Adrenalina, estrés y gratificaciones: así es la TV en vivo desde adentro.